- Javier Arzuaga -

octubre 17, 2015

Ché Guevara

octubre 17, 2015


Cuando me he sentado esta mañana a escribir el borrador, me ha cosquilleado la duda: ¿Seguro que murió el 17 de octubre? He acudido a internet y la respuesta ha sido: No, murió el día 9 de octubre. Estaba equivocado. Pero es igual. Una semana, a la distancia de 48 años, no hace diferencia. Lo recuerdo perfectamente, como si fuera ayer. Me encontraba en Lima, en la Avenida Abancay. Acababa de desayunar. Cogí el periódico y leí en la portada -letras grandes, negras como noche sin luna ni estrellas, ardientes como una brasa- : El “Ché” Guevara ha muerto”. Quedé de piedra. Como si alguien me hubiera golpeado brutalmente y me hubiera dejado ´nocaut´. Han pasado 48 años. Muchas veces se me ha ocurrido pensar que me hubiera gustado estar cerca de él en ese momento, que tal vez también a él le hubiera gustado tenerme cerca. Le conocí el día 6 de enero de 1959, día de los Santos Reyes Magos. Desarrollamos durante los siguientes cinco meses una relación extraña. El trípode que sostuvo esta relación lo constituían la prisión de La Cabaña, los tribunales revolucionarios y el paredón de fusilamiento. De extraña he calificado la relación. Muy extraña. Por un lado el comandante más revolucionario, más que Fidel, mucho más que su hermanísimo Raúl, de la triunfante Revolución Cubana, y por el otro lado un frailecito medio papanatas, párroco de una de las más humildes y marginadas, si no la más, parroquias de La Habana. El Campamento militar, antiguo Castillo de San Carlos de La Cabaña, donde él era jefe, y el Barrio habanero de Casa Blanca, donde yo era párroco, nacieron a la vez, el uno pegado al otro, como hermanos gemelos. Cuando el día 6 de enero, al mediodía, subí a La Cabaña y me presenté sin previo aviso en la residencia del Comandante, tenía, ¡vaya si tenía!, curiosidad y deseos conocerle. La leyenda y el mito del guerrero invencible, del revolucionario insobornable, comenzaba esos días a asentarse sobre bases firmes. Iba además a pedirle autorización para seguir diciendo misa los domingos en la capilla de Santa Bárbara y para visitar a los prisioneros en la cárcel. Un ¡no! catedralicio a lo primero y un sí total, sin cortapisas de horarios o motivos, a lo segundo. Conversamos ese día y en varias otras ocasiones. De lo que se vivía esos días en La Cabaña y en la calles de Cuba, de problemas sociales, de política, de historia, de religión. El desde su posición de marxista, yo desde la mía de sacerdote, preguntábamos y respondíamos, sin menospreciarnos, sin ofendernos, sin recriminarnos nunca, con la sonrisa asomada a los ojos, con absoluta confianza.


Nunca me ha gustado extenderme al hablar del “Ché” Guevara. Con unos, los que le admiran e idolatran, porque acaban queriendo que me declare de sus ideas. Y no. Sigo recordando al Ché con afecto, equivocado en unos aspectos y acertado en otros, pero de ahí no paso. Rechazo instintivamente cuanto huele a pólvora, a odio, a crueldad. Con otros, los que le aborrecen, porque eso les ofusca la mente y les incapacita para dialogar serenamente. No le tengo puesto ningún altar, pero tampoco ninguna guillotina. Considero una suerte haberle conocido y haber tenido la oportunidad de tratar con él. Siempre me recibió muy amable y sonriente, con dos o tres excepciones muy dolorosas. Me escuchó. Permitió que pudiera moverme con absoluta libertad, de día igual que de noche, por La Cabaña. Cuando supo cómo se produjeron los primeros fusilamientos, dio orden de que nadie, bajo ninguna circunstancia, fuera fusilado sin que yo estuviera presente. En nuestras conversaciones igual hablábamos de política como de historia, de cuestiones sociales o de religión. Ninguno de los dos era ducho en filosofías. Nos ateníamos a hechos, pasábamos de largo dejando a un lado las teorías. Opinaba que el Evangelio era pura utopía, las Bienaventuranzas un bello jardín en la antípodas de la realidad, el amor al prójimo y el ´reino´ palabras al viento. Le decía yo que no, que estaba equivocado, pero no le convencía. O no quería dejarse convencer. Como a la inversa me sucedía a mí. Tampoco yo prestaba atención a sus utopías marxistas, me entraban por el oído derecho y me salían por el izquierdo. Era muy crítico con la Iglesia. Según él, no vivía lo que predicaba, ni el Evangelio ni su propia doctrina social. Después de haber ejercido de árbitro en la vida de los pueblos de Europa durante tantos siglos y a la vista de los resultados, debería darnos oportunidad a otros con otros principio y programas, ¿no cree?, me dijo en una ocasión. Pues no, no creo que ustedes los comunistas sean de fiar, tampoco les gusta soltar el mango una vez lo tienen en la mano. ¿Y quién le ha dicho que yo soy comunista. Busque en todos los archivos comunistas a ver si encuentra mi nombre. Vamos, comandante, usted y yo sabemos que se es con la mente y el corazón lo que se quiere ser, que no son los papeles los que le hacen a uno. Cuando me habló del “hombre nuevo” como si lo hubiera inventado él y yo le repliqué que eso del hombre nuevo era un cuento viejo, que también San Pablo hablaba de eso, pasó de página. En una ocasión, él enfermo acostado en su cama, yo sentado junto a él en la misma cama, veíamos la televisión, Fidel en uno de sus kilométricos discursos. Me llamó la atención cómo en dos o tres ocasiones acotaba No, Fidel, no es por ahí , no es por ahí. ¿Qué, no le parece bien?, le pregunté. Me contestó que claro que le parecía bien, pero que todavía no era el momento de plantear esas cuestiones. Una noche, a la salida de la sala en la que él acababa de ratificar la sentencia de muerte de un muchacho, una mujer, la madre del joven, se le arrojó a los pies pidiendo clemencia para su hijo. El Che pasó por un lado y, una vez al otro, se dió vuelta. Señora, le recomiendo que hable con el padre Javier, señalándome, dicen que consuela muy bien. Y me miró y sonrió. Esa noche odié al Ché. Un año después, siendo él Director del Banco Nacional, fui a verle, a despedirme, a pedirle dólares para mi viaje, tenía que regresar a España debido a un problema familiar. Me facilitó $500.00 a cambio de otros tantos pesos cubanos. Charlamos un rato y cuando me iba, me retuvo para preguntarme ¿Qué nombre le daría usted a la relación que entre ambos hemos mantenido? Pues no sé, ¿amistad?, no sé. No, no fue amistad, yo traté de traerle a mi acera y usted de llevarme a la suya, fracasamos los dos y si un día nos volvemos a encontrar, seremos enemigos a muerte. Pero chocamos calurosamente nuestras manos. Estuvimos a punto de encontrarnos en Perú, cuando en la primavera del 67 él pasaba hacia Bolivia. Ni se enteró. Siguió camino cuando un amigo mío hacía las gestiones. Estoy seguro de que no me hubiera recibido como se recibe a un enemigo, qué va. El Ché que más me gusta recordar es el que me describieron una tarde sus ´rebeldes´ reclutados en la Sierra: no tolera la desobediencia ni la indisciplina, pero nunca manda nada que él no esté dispuesto a hacer, que él no sea el `primero en hacer. No me gusta que se le haya convertido en mito. Estoy seguro de que el 90% de los que visten camisetas con su efigie no saben quién y cómo fue Ernesto Guevara De la Serna, alias el Ché.


Javier Arzuaga